PARA REFLEXIONAR: 2019

EL VENDEDOR DE HUEVOS




Ella le preguntó: -¿A cuánto estás vendiendo los huevos?
El viejo vendedor respondió: -$ 2 pesos por un huevo, señora.

Ella le dijo: -Tomaré 6 huevos por $ 10 pesos o me iré.
El viejo vendedor respondió: -Ven y llévalos al precio que quieras. -Puede ser este es un buen comienzo porque hoy no he podido vender ni un solo huevo.

Ella tomó los huevos y se fue sintiendo que había ganado.

Se subió a su lujoso automóvil y se fue a un elegante restaurante con su amiga.  Allí, ella y su amiga, ordenaron lo que les gustaba. Comieron un poco y dejaron mucho de lo que ordenaron.

 Luego ella fue a pagar la cuenta. La factura le costó $ 1400. Dio $ 1500 y le pidió al dueño del restaurante que se quedara con el cambio.

Este incidente podría haber parecido bastante normal para el propietario, pero muy doloroso para el vendedor de huevos
pobres.

La cuestión es:
¿Por qué siempre demostramos que tenemos el poder cuando compramos a los necesitados?
¿Y por qué somos generosos con aquellos que ni siquiera necesitan nuestra generosidad?

Una vez leí en alguna parte:

“Mi padre solía comprar productos simples a los pobres a precios altos, aunque no los necesitara. A veces solía pagarles más.
Me preocupé por este acto y le pregunté por qué lo hacía.

—Entonces mi padre respondió: “Es una caridad envuelta en dignidad, hijo mío”

Autor desconocido

UN HIJO AGRADECIDO



Un hombre muy pobre pudo enviar a su hijo a la universidad. Cuando estaba por graduarse, el muchacho le escribió una carta a su padre pidiéndole que asistiera a la ceremonia. Pero él le dijo que no podía asistir porque solo tenía un traje, bastante viejo. El hijo le aseguró que lo del traje viejo no le importaba. Lo que quería era que estuviese él ahí.

Por fin, el señor hizo el viaje. El día de la entrega de diplomas, el joven entró al salón de actos con su padre, y le buscó uno de los mejores asientos. Grande fue la sorpresa del anciano cuando supo que su hijo era el mejor alumno de su promoción; y cuando el muchacho recibió el premio, descendió del escenario y delante de todo el público reunido besó a su padre y le dijo:

– Toma, papá; este premio es tuyo. Si no hubiese sido por ti, jamás lo hubiera recibido.

Como hijos de Dios debemos estar absolutamente agradecidos. Él es la fuente de todo: de la vida, el sustento, el consuelo y la fuerza física y espiritual. El entregó a su hijo Jesucristo para poder cargar con todos nuestros pecados otorgándonos su perdón y la vida eterna, por su gran amor hacia nosotros.

Cuántas veces nos hemos detenido un momento y hemos dejado un breve espacio para poder orar y no pedir nada, sino en una total entrega como agradecimiento por sus múltiples favores en nuestras vidas.

Hoy es un buen momento para orar y agradecerle a nuestro Padre Celestial. No olvides también agradecer delante de los demás y testificar a otros de todas las bendiciones que él te da.

Pues las bendiciones son muy poderosas en quienes lo realizan con devoción, con el corazón, con el alma, ora siempre y agradece en todo momento a DIOS Nuestro Señor.

LA PACIENCIA ES MÁS QUE SOLO ESPERAR



La vida de Carlos estaba llena de sueños e ilusiones en su juventud, pero estos sueños se veían frustrados porque él era muy impaciente, rápidamente perdía el control y caía en la desesperación porque no todo salía como él quería.

En una ocasión, al leer su Biblia se dio cuenta de lo importante que es la paciencia en todo cristiano y decidió orar para que Dios le diera paciencia ante toda situación en su vida. Pero a pesar de orar, sentía que no lograba ser paciente.

Un día llegó un predicador invitado, a su iglesia, para compartir el sermón. Al terminar el servicio, Carlos se acercó y le pidió que orara por él.
-Claro, cuál es tu petición, dijo el ministro.
-Quiero que Dios me de paciencia para esperar en él y no desesperarme en mis problemas.

En ese momento el predicador comenzó a orar diciendo: Señor, te pido que llenes la vida de este joven de pruebas, tentaciones, calamidades, pobreza, y persecuciones…

Al oír esa oración, Carlos interrumpió y le preguntó: ¿Por qué está orando para que vengan a mi vida todos esos males? Lo que yo dije es que necesito paciencia.

-En medio de las pruebas, las tentaciones, las calamidades, la pobreza y la persecución, Dios hace crecer la paciencia. Respondió el predicador.

Cuando estamos pasando los peores problemas y parece que todo va de mal en peor. Aún en medio de tristeza, dudas o temores, tenemos que saber que Dios todavía está a nuestro lado y pronto todo va a pasar. No desistas, Dios está haciendo que crezca en ti la paciencia y al final verás su fruto en tu vida.

Hay una frase que dice: Muchos piensan que la paciencia es la capacidad de esperar, pero no es así. Es la forma cómo nos comportamos mientras esperamos.

La paciencia no algo que aparece mágicamente en tu vida, de un día para otro. Es un fruto del Espíritu Santo, que tiene un proceso de desarrollo y perfección.

Ánimos, confía en Dios y deja que él actúe a su debido tiempo, eso es la paciencia.


Fuente: Huellas Divinas

LAS CONSECUENCIAS DE LA INDIFERENCIA



Se cuenta la historia de un pequeño ratón que decidió mudarse a una granja. Los dueños de la granja eran dos ancianos que tenían: una gallina, un gallo, un cerdo y una vaca.

Al pasar de los días, el dueño de la granja se dio cuenta que había un ratón en ella, al instante fue a comprar una ratonera para atraparlo y terminar con él. 

El pequeño ratón, al notar el peligro, comenzó a pedir ayuda. Primero fue al gallinero, pero el gallo y la gallina le dijeron que no era problema de ellos y continuaron rascando, luego fue donde estaba el cerdo, éste respondió que no tenía tiempo. Finalmente fue donde la vaca, la cual le dijo que no podía ayudarle, ya que tenía muchas tareas que hacer.

Al ver que nadie quería ayudarle, el ratón se sentía decepcionado, pensaba que de un momento a otro iba a caer en la ratonera.

Una noche la esposa del grajero escuchó que la ratonera había atrapado algo, ella en la oscuridad fue a averiguar, pero la ratonera había atrampado una serpiente y la mordió. La señora cayó en cama muy grave.

Para tratar de reanimarla, el granjero cocinó un caldo de gallina y al otro día coció una sopa de gallo.

Las visitas llegaban a ver a la señora enferma y el granjero decidió cocinar el cerdo para darles de comer. Pero, aún con los cuidados, la señora empeoró y finalmente murió. Entonces el granjero tuvo que vender la vaca, a un destazadero, para pagar los gastos fúnebres.

Dios nos enseña que debemos ayudar a los necesitados, a los desprotegidos y a todos aquellos que buscan de nuestra ayuda.

Pero la ayuda no únicamente aplica para las personas, sino también al planeta que Dios nos ha dado para cuidarlo. Pueda ser que te no importe gastar los recursos naturales de una forma desmedida, o arrojar basura en lugares inadecuados y contaminar el ambiente.

Al final esas malas prácticas traerán consecuencias que no solo afectarán a nuestra generación, pero también a las futuras, incluyendo probablemente a tus hijos y nietos.

Debemos aprender a dejar de lado nuestra indiferencia y no esperar que otro haga el trabajo que Dios nos ha encomendado hacer.

Fuente: Huellas Divinas