Un hombre muy pobre pudo enviar a su hijo a la
universidad. Cuando estaba por graduarse, el muchacho le escribió una carta a
su padre pidiéndole que asistiera a la ceremonia. Pero él le dijo que no podía
asistir porque solo tenía un traje, bastante viejo. El hijo le aseguró que lo
del traje viejo no le importaba. Lo que quería era que estuviese él ahí.
Por fin, el señor hizo el viaje. El día de la entrega de
diplomas, el joven entró al salón de actos con su padre, y le buscó uno de los
mejores asientos. Grande fue la sorpresa del anciano cuando supo que su hijo
era el mejor alumno de su promoción; y cuando el muchacho recibió el premio,
descendió del escenario y delante de todo el público reunido besó a su padre y
le dijo:
– Toma, papá; este premio es tuyo. Si no hubiese sido por
ti, jamás lo hubiera recibido.
Como hijos de Dios debemos estar absolutamente
agradecidos. Él es la fuente de todo: de la vida, el sustento, el consuelo y la
fuerza física y espiritual. El entregó a su hijo Jesucristo para poder cargar
con todos nuestros pecados otorgándonos su perdón y la vida eterna, por su gran
amor hacia nosotros.
Cuántas veces nos hemos detenido un momento y hemos
dejado un breve espacio para poder orar y no pedir nada, sino en una total
entrega como agradecimiento por sus múltiples favores en nuestras vidas.
Hoy es un buen momento para orar y agradecerle a nuestro
Padre Celestial. No olvides también agradecer delante de los demás y testificar
a otros de todas las bendiciones que él te da.
Pues las bendiciones son muy poderosas en quienes lo
realizan con devoción, con el corazón, con el alma, ora siempre y agradece en
todo momento a DIOS Nuestro Señor.

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